La falacia de la pobreza y la justificación utilitarista de la libertad

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Leandro Castelluccio

 

(Imagen obtenida de: link)

 

Un ejemplo común de pensar en las intensiones políticas de las personas y su relación con los sistemas socio-económicos y políticos pasa por situaciones donde evaluamos lo justo o injusto de las consecuencias de un sistema para unas u otras personas.

Pensemos en una persona conduciendo un auto de alta gama de su propiedad yendo a su trabajo dónde en la esquina se encuentra una persona en situación de calle viviendo allí. Muchos pensarán cómo un sistema puede ser realmente justo si permite que unos tengan tales lujos mientras otros sufran una gran pobreza material. Y aquí entra en juego un tema clave acerca de la justificación de los sistemas políticos-socio-económico, y es quizás el centro de gran mayoría de debates ideológicos-políticos en la actualidad, al igual que lo ha sido por mucho tiempo.

Muchos piensan que mientras las personas puedan alzarse a los máximos estados posibles de bienestar personal, tanto en su forma material como en otras dimensiones, un sistema que permita eso es justificable por tal motivo, independientemente de que existan pobres o no. En la carta de derechos de Estados Unidos se habla del derecho a la “búsqueda de la felicidad”, no a la felicidad misma, por lo que uno puede buscar la manera de ser feliz, pero el sistema no garantiza la felicidad, sólo la posibilidad de poder obtenerla. La filosofía en esta carta de derechos parece tener una fuerte orientación individualista, defendiendo la vida y la libertad individual como ejes centrales. Por el contrario, otros piensan que un sistema no tiene verdadero valor si deja de lado a la mayoría de las personas mientras unos pocos reciben todos los beneficios, o que algunos logren tener riquezas mientras otros quedan relegados a la pobreza.

Podríamos decir que por un lado tenemos una justificación individualista de un sistema y por otro una justificación colectivista o utilitarista. La segunda hace énfasis en el mayor bienestar para el mayor número posible, y sus defensores suelen hacer hincapié a su vez en asegurar el bienestar para los menos favorecidos. Y tiene sentido desde un punto de vista humanitario, pues de adoptar un sistema político-socio-económico particular, qué mejor justificación que este sea beneficioso sobre todo para los más necesitados. Este es un punto donde en general las filosofías individualistas pierden, pues estas últimas se centran en el interés individual y establecen que un sistema capitalista, por ejemplo, se justifica en la medida que es beneficioso para el individuo como tal, independientemente si en ese sistema ciertas personas están sumidas en la pobreza, pues la justificación no sería la felicidad en sí, sino la posibilidad del individuo de llegar a la misma (cualquier individuo), aunque en la práctica algunos lleguen y otros no. Así, en términos materiales, el hecho de que pueda haber una persona con un auto de alta gama es una justificación suficiente, independientemente de que otros sujetos no lleguen a eso, o terminen en la pobreza. Muchos pensadores pro-capitalistas, como Ayn Rand, argumentan justamente que el capitalismo no tiene una justificación utilitarista o colectivista, que el sistema no es tal para lograr el mayor bienestar para el mayor número, sino que el capitalismo se justifica en base al interés del individuo, no de un colectivo.

 Las filosofías utilitaristas y colectivistas dicen que eso no está bien, que en realidad no vale la pena que una persona pueda llegar a ese punto mientras otros terminan en la pobreza, sino que el rol fundamental de cualquier sistema político-socio-económico es combatir la pobreza, y lograr un bienestar general, trabajando en función de los más necesitados. Si bien es cierto que muchos defensores del capitalismo han adoptado una justificación social o utilitarista del sistema más que una individualista, en la opinión general, se juzgan a los defensores del capitalismo como egoístas o individualistas que abogan por el interés individual, defendiendo la libertad de las personas contra posturas que argumentan limitar ciertas libertades y regular la economía en función de ayudar a los más necesitados. Esto es quizás porque muchos libertarios hablan de dejar a las personas ser libres y que eso es lo más importante, mientras que reciben argumentos respecto a qué sucede con los problemas sociales de la inequidad y la pobreza. Mientras los defensores del capitalismo abogan porque el libre mercado resuelva esos problemas, y que el individuo tenga libertad de llegar a lo más alto que pueda, los defensores de la regulación económica por parte del Estado argumentan que eso no es posible por sí solo, y que hay que asegurar ciertos derechos y bienestar material en las personas, y proteger a los más necesitados. Visto que somos seres gregarios y nos importa el bienestar del otro, no es difícil ver cómo una postura que hace énfasis en lo individual, dejando un tanto de lado la cuestión de la pobreza o el bienestar colectivo, aunque esto no sea la intensión, pierda en el debate cultural ante filosofías socialistas o humanitarias que hacen énfasis en la lucha contra la pobreza.

A pesar de lo anterior, el asunto no es algo de un blanco y negro, pues hay problemas en los dos espectros del pensamiento usual sobre la justificación del sistema político, tanto dentro del colectivismo y utilitarismo como del individualismo. Principalmente dentro del utilitarismo nos encontramos con el problema o dilema del sacrificio o el uso de un grupo reducido de personas o la minoría en favor de la mayoría, por lo que dentro de una filosofía utilitarista sería factible sacrificar a unos pocos para el beneficio de muchos. Este dilema ha tenido muchos abordajes en la filosofía, y muchos intentos de superarlo, pero independientemente de esto la cuestión es si es preferible un sistema donde unos sufren para que otros sean beneficiados, o un sistema donde todos salen ganando de una forma u otra. Por otro lado, el colectivismo es una filosofía basada en una abstracción, el colectivo como entidad concreta no existe, solo es tal en la mente de las personas, de forma que justificar un sistema en base al bienestar colectivo (que incluye a los más necesitados) es justificarlo en base a una abstracción que no existe, sólo los individuos pueden experimentar bienestar o beneficiarse, un colectivo no siente, piensa o experimenta bienestar, y por lo tanto no puede beneficiarse de ningún sistema. Y aquí el gran problema de las corrientes políticas colectivistas o socialistas, que se encuentra ligado al problema anterior del utilitarismo, cuando se habla de hacer cosas en favor del colectivo o la sociedad, todo se reduce a una cuestión de mayorías, el bienestar es el del mayor número, o el del grupo mayoritario que se considere el correcto y el que debe recibir los beneficios del sistema, sea los más necesitados, el proletariado, los obreros, los pobres, etc., de modo que de nuevo se puede ver como correcto o justificable que unos sean sacrificados por el bienestar de ese grupo, o que unos pocos deban trabajar para el beneficio de esa mayoría o ese grupo que ha ser favorecido.

Mientras que para el socialismo no estaría mal que un grupo de personas sea el medio para satisfacer los fines de una mayoría, que sus intereses sean sacrificados mientras esta mayoría sea el proletariado, las filosofías individualistas libertarias proponen que ningún grupo sea sacrificado por otro, sea una minoría en favor de una mayoría o una mayoría en favor de una minoría, de forma que ninguno trabaje en favor del otro dejando de lado sus propios intereses, sino que simplemente se vele políticamente por el interés individual, pertenezca a donde pertenezca el individuo concreto en cuestión. La cuestión está entonces en velar por el individuo como unidad básica de la sociedad, lo único que tiene existencia tangible, que es real, ya que el grupo es la abstracción. El problema es que el individuo también suele tratarse como una abstracción, dejando de lado los aspectos tangibles generales a todos los individuos. Existen pues individuos ricos, pobres, habilidosos y no tanto, inteligentes, creativos y también maliciosos. ¿Cómo puede un sistema ser bueno para el individuo teniendo tantos tipos diferentes de los mismos? La cuestión está en lo común que yace a todo individuo, y que es la posibilidad de desarrollar cierto potencial.

En mi obra “Proposiciones” (ver menú de publicaciones de libro), hablo de los altos estados de recompensa como criterio máximo y la posibilidad de los mismos como base del sistema político. Como indico en la misma, la recompensa en un criterio límite de las acciones, pero hay cosas que llevan a distintos estados de recompensa, algunos altos y otros bajos, los más altos estados de recompensan se vuelven así el máximo y mejor criterio de las acciones humanas (superiores a otros tipos de recompensa de corto plazo o exclusivas de una dimensión humana en particular, como el bienestar material considerado de forma aislada), y son centrales para evaluar la resolución de conflictos interpersonales, y para moldear la forma del sistema político de una sociedad.

Ante la presencia de conflictos, negar la posibilidad de los más altos estados de recompensa posibles de una persona es algo injusto y erróneo, y parecido al sacrificio de tipo utilitarista cuando se dice que se hace para combatir la pobreza, o por cualquier motivo social, pero lo que es más, tal como indico en mis desarrollos respecto a estos postulados éticos, no sólo se niegan dichos estados a la persona con la que se establece el conflicto, tampoco la persona que lo establece los asegura para sí (ya sea un político, u otro agente coercitivo), ni la persona que supuestamente recibe la ayuda de forma coercitiva, puesto que el cultivo de altos estados de recompensa requiere hacer ejercicio de las capacidades individuales con relaciones de independencia y cooperación voluntaria. Los resultados de negar la posibilidad de tales estados afecta a todos de forma negativa, incluido las personas pobres. Una sociedad donde las personas son libres para perseguir sus fines sin coerción, trabajando de forma voluntaria con otros, donde se les permita la posibilidad de altos estados de recompensa, sin tener que rendir cuentas ante otros (fuera de actos coercitivos), cada uno responsabilizándose por sus actos, es siempre una sociedad más respetuosa con las personas y deseable para alcanzar la felicidad personal. La erradicación de la pobreza dentro de un sistema de libertad donde se protege la posibilidad de los altos estados de recompensa siempre es preferible a intentar erradicarla fuera del sistema, pues bajo lo primero estamos en sintonía con mayores estados de recompensa para las personas. Y la realidad demuestra que atacar dicha posibilidad de estados de recompensa en pos de luchar contra la pobreza termina perjudicando la recompensa de todos, incluidos los pobres.

Pues bien, podemos volver al problema anterior, si un sistema permite la posibilidad de que las personas cultiven altos estados de recompensa, pero aun así hay pobres, ¿vale la pena el sistema? Pues bien, ¿qué pasa cuando ya no hay pobres? ¿Qué es lo que queda? ¿Ya no se busca nada más? Combatir la pobreza no es algo independiente o separado del cultivo de altos estados de recompensa, no es que primero debemos erradicar una cosa para luego buscar otra, sino que ambas pueden llevarse a cabo simultáneamente, es más, se requiere cultivar altos estados de recompensa para erradicar la pobreza. Y fuera de esto, el criterio máximo sigue siendo los altos estados de recompensa, puesto que esto sería lo que se pretende cultivar, en la pobreza o fuera de esta, si ya no hay pobreza todavía está el cultivo de recompensa, de modo que la erradicación de la pobreza no es el criterio máximo o primordial del sistema político en cuanto al desarrollo de nuestro potencial como seres humanos, sino que al tener como fin último los altos estados de recompensa, estos tienen un grado superior como criterio que la erradicación de la pobreza, pero debemos entender que no son cosas separadas o escalables, no es que debemos eliminar la pobreza para luego cultivar recompensa, el cultivo de altos estados de recompensa es la forma de erradicar la pobreza, de modo que la posibilidad de eso es crucial, o sea, la libertad y erradicación de la pobreza van de la mano.

Si un sistema político permite la libertad, tanto cultural-política como económica, y se pregunta de nuevo, qué valor tiene si hay personas libres pero hay pobres, debemos entender qué implica esta pregunta. Si hay libertad y hay pobres, si tenemos personas con autos de alta gama pero hay pobres en la esquina, el razonamiento usual colectivista une ambas cosas como causa y efecto, pues cuál es la actitud o la opinión que prevalece: que se debe limitar la libertad para combatir la pobreza. Por lo que se argumenta que si en un sistema de libertad hay pobreza entonces este no vale la pena y se debe limitar la libertad en pos de combatir la pobreza. Este es una error, y es la falacia de la pobreza y su relación con la libertad, pues la solución socialista siempre ha sido controlar y regular la actividad económica con la creencia de que esto combate la pobreza. Pero esto tiene el efecto contrario. Cuanto más controlamos la economía menor es la prosperidad y mayor la cantidad de pobreza, y no parece haber punto de equilibrio, en el sentido de que con cierta menor libertad estamos mejor que con mayor grado de libertad (siempre y cuando se respecte los derechos de los individuos). La libertad económica y la prosperidad van de la mano, siglos de historia lo demuestran, las actuales naciones más libres lo demuestran, donde hay libertad política, cultura y económica, hay mayor prosperidad material. Lo hay para cualquier sujeto que eligiésemos aleatoriamente dentro de la sociedad. De modo que si fuésemos a tomar a una persona pobre materialmente y que este conviviese en una sociedad determinada, aquellas naciones más libres serían las mejores para mejorar la calidad de vida de esa persona.

Las personas más pobres en las sociedades más libres están mejor que los más pobres en las menos libres. Entender este punto es crucial. La base está en que cualquier intento de combatir la pobreza requiere una base de recursos materiales (además de otros elementos culturales), pero para ello se requiere capacidad intelectual, creatividad, y el uso de habilidades por parte de las personas, de modo que se genere riqueza, y para ello las personas deben ser libres para cultivar estos aspectos y cuanto menos interferencias coercitivas se presenten más fácilmente se desarrollan estas potencialidades. ¿De qué modo puede se puede brindar ayuda material si las personas capaces de producir no tienen la libertad de hacerlo? Pueden tenerla, pero de forma limitada, lo que genera menor productividad y capacidad para generar riqueza, con la consiguiente menor posibilidad de tener mayor riqueza para combatir la pobreza. La seguridad que conlleva a su vez invertir en entornos seguros donde se respete la posibilidad de usar espacios y objetos para los fines de uno (la propiedad individual) genera un espacio fértil para prosperar económicamente (las personas van a preferir invertir en entornos seguros de mayor libertad económica y menos regulación que en entornos más regulados).

libertad_wsj_heritage_esp

(Figura tomada de: https://www.heritage.org/international-economies/report/commemorating-milton-friedmans-100th-birthday-the-index-economic)

Tampoco estamos solucionando el problema de la pobreza si las personas pobres se vuelven dependientes (por eso la cuestión va más allá de la ayuda material). La libertad es algo fundamental que hace al sistema donde los más altos estados de recompensa son posibles, y en la realidad en la que vivimos, dada nuestra naturaleza, esto implica independencia y comunión voluntaria entre los seres humanos, fomentando el cultivo de autoestima y altos estados de recompensa en general en base a esto. Cualquiera puede cultivarla, rico o pobre. Es el fomento del cultivo de autoestima y altos estados de recompensa, que es la base ética máxima posible de nuestra conducta según afirmo en mi obra, y que pude y debe ser incentivada justamente para llegar a lo máximo posible, donde la pobreza puede realmente ser erradicada. Es dentro de este sistema donde obtenemos los mejores resultados posibles, pero donde el fin no es eliminar la pobreza en sí, como queda ejemplificado en el argumento antes planteado, ya que ambas cosas no son separables como criterio, la recompensa y la pobreza, y donde aun no habiendo pobreza o habiéndola, la posibilidad de altos estados de recompensa es lo que prevalece o queda como criterio.

Esto es la falacia de la pobreza y la justificación utilitarista de la libertad. La recompensa se experimenta por individuos, no por la sociedad; la libertad es la mejor forma de combatir la pobreza; la libertad se justifica en la posibilidad de uno de cultivar altos estados de recompensa, lo máximo posible para el individuo.

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