¿Puede la neurociencia decirnos algo sobre las diferencias interculturales?

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Leandro Castelluccio

Una versión en inglés de este ensayo se encuentra en el siguiente link.

El uso de la neurociencia para explicar las diferencias interculturales es una tendencia relativamente nueva, pero ha crecido lo suficiente como para alimentar nuevos campos distintos, como la neurociencia cultural, que investiga cómo las funciones del cerebro humano están determinadas por las interacciones entre la cultura, el cerebro y los genes. Esta es un área donde se unen la psicología cultural, la neurociencia cognitiva social, el estudio de la neuroplasticidad y el estudio de las interacciones cultura-gen (Han et al., 2013). Tiene importantes ventajas, como presentar un conjunto de herramientas de metodologías expandidas que diferentes áreas, como la neurociencia cognitiva y la neurogenética, pueden proporcionar para permitir una mejor comprensión de la cultura (Ng, Morris, & Oishi, 2013).

La forma en que se presenta la pregunta anterior parece estar sesgada a asumir una relación causal entre la función cerebral y la cultura, en el sentido de que la cultura se puede explicar sobre la base de cómo funciona nuestro cerebro, y por extensión diríamos que las diferencias en la función cerebral puede explicar las diferencias culturales. Podríamos adoptar esta perspectiva, pero la realidad parece ser más compleja que esto. La investigación muestra que existe una interacción fina y bidireccional entre los genes, la cultura y la función cerebral (Han et al., 2013). En realidad, uno de los desafíos de la neurociencia cultural es distinguir la coevolución de genes y culturas de la generación de valores culturales dominados por genes (Ng et al., 2013). El modelo general aceptado es uno en el que el entorno induce cierta presión que afecta la expresión de ciertos genes y también ciertos valores culturales, esto se produce cuando intentamos explicar la función cerebral y el resultado final: el comportamiento (Chiao, Cheon, Pornpattananangkul, Mrazek, & Blizinsky, 2013).

Debemos poder distinguir, por lo tanto, la distinción entre cómo se pueden explicar las diferencias culturales en términos de la varianza general (de la población) en la función cerebral, y el hecho de que existen diferencias culturales en la función cerebral, como se señalará más adelante. ¿Los valores culturales están configurando esas diferencias en la función cerebral, o es al revés? Como se dijo antes, la conclusión general es que hay una interacción bidireccional. Si no llegamos a un acuerdo al respecto, al menos podemos mostrar cómo las diferencias culturales se correlacionan con las diferencias en la función cerebral, por lo que creo que la neurociencia definitivamente nos puede decir muchas cosas acerca de las diferencias interculturales.

Hay muchos factores dentro de la cultura que dan forma a los procesos cerebrales, de hecho, otro desafío del campo de la neurociencia cultural consiste en abordar la variación dentro de una nación y los factores socioecológicos (Ng et al., 2013). Se ha encontrado, por ejemplo, que las personas con un estatus socioeconómico alto tienen más probabilidades de mostrar un aumento de la respuesta neuronal en el cuerpo estriado ventral cuando perciben información de “estatus alto” sobre otros. Las personas con un estado socioeconómico bajo muestran una mayor activación del estriado ventral cuando perciben información de “estatus bajo” (Chiao et al., 2013). Otro ejemplo es la identificación racial. Se ha encontrado que la identificación racial de las personas modula la respuesta neuronal dentro de las estructuras corticales de la línea media al enfatizar el dolor de otros miembros de su propio grupo racial (Chiao et al., 2013). Estas áreas parecen estar involucradas en el procesamiento autorreferencial (Northoff et al., 2006). Podríamos mencionar otros ejemplos, pero la idea es que debe esperarse que la cultura juegue un papel fundamental en la configuración de la función cerebral, y que las diferencias en los valores culturales implicarían diferencias en los procesos cerebrales.

Podríamos decir que las dimensiones que utilizamos para analizar la cultura son las mismas, pero difieren entre las poblaciones, y eso sería una diferencia intercultural. Tomemos el ejemplo de la religión. Este es un fenómeno generalizado, pero puede haber diferencias individuales en la forma en que las personas lo procesan, creando así una diferencia intercultural. La evidencia muestra que los coreanos que demostraron una mayor religiosidad y que a su vez son homocigotos para el alelo G del polimorfismo del receptor OXTR r253576 (receptor de oxitocina) eran más propensos a reportar un mayor bienestar psicológico. Sin embargo, los estadounidenses de raza blanca que muestran una mayor religiosidad y portan la misma variación genética de este receptor, demostraron una reducción del bienestar psicológico (Chiao, et al., 2013). Esta diferencia podría alterar aún más la forma en que se percibe y se manifiesta la religión en una cultura particular. Esta es una forma de interpretar las diferencias interculturales donde las diferencias individuales, que en este caso afectan a la química neural, podrían moldear los valores y fenómenos culturales.

Algunos de los primeros estudios que muestran cómo las diferencias individuales podrían moldear distintos valores culturales observaron la variación genética del transportador de serotonina (5-HTTLPR) y su influencia en el marco cultural individualista versus colectivista (Way & Lieberman, 2010). Aunque estamos abordando una variación genética, como mencionamos anteriormente, su impacto se centra en el cerebro y en cómo responde a los estímulos, y en este caso en particular los estímulos sociales. Como mencionan Way y Liberman (2010), la variación corta/corta de 5-HTTLPR, MAOA-uVNTR (variación del gen de la monoaminooxidasa) y también OPRM1 A118G (variación del gen del receptor m-opioide) tienen efectos sobre la sensibilidad social, es decir, el grado de sensibilidad emocional ante eventos y experiencias sociales. En el caso del transportador de serotonina, se argumenta que las amplias diferencias culturales en los modos interdependientes vs independientes de autoconstrucción en las culturas asiática frente a las occidentales pueden haber surgido, en parte, debido a la diferencia en la frecuencia de homocigosidad para el alelo corto del gen del transportador. El alelo corto aumenta el riesgo de depresión de una persona luego de eventos estresantes y las poblaciones asiáticas muestran una mayor frecuencia de esta variación en relación con los occidentales (Ames & Fiske, 2010). Way y Liberman (2010) agregan que el alelo corto implica sensibilidad a los efectos inductores de depresión del estrés social. Según estos autores, tener una red social rica e interconectada, como las de las culturas colectivistas, podría ayudar a mantener el bienestar de quienes tienen la variación corta/corta. Según argumentan, los individuos de ascendencia asiática oriental que viven en los Estados Unidos sufren niveles más altos de depresión mayor, en comparación con los asiáticos que viven en Asia, lo que va de acuerdo con su interpretación.

Algo similar es el caso de las otras variaciones genéticas. MAOA-uVNTR se asoció con el grado de activación neural relacionada con la exclusión. Al mismo tiempo, parece que la variación OPRM1 A118G está asociada a la sensibilidad disposicional autoinformada al rechazo (Way & Liberman, 2010).¿Pero qué tan preciso es este modelo causal con respecto a las diferencias culturales? Cuando se observa la cultura japonesa, por ejemplo, un país con una alta frecuencia de variación corta/corta del transportador de serotonina, parece que exhibe una forma de vida mucho más occidentalizada. Se podría decir que este es un evento reciente, y que originalmente Japón fue más colectivista, lo cual es consistente con la frecuencia de la variación del transportador de serotonina. Una forma de probar los supuestos del modelo sería estudiar si la tasa de depresión ha aumentado como una función de la occidentalización de la cultura japonesa (mientras se controlan otras variables en la medida de lo posible). Podríamos argumentar, por otro lado, que la Europa medieval era mucho más colectivista si la comparamos con la Europa moderna, considerando cómo se veía el papel del individuo en ese momento, a pesar de que las poblaciones de Europa occidental tienen una menor frecuencia de la variación corta. Al menos uno podría concluir que estas diferencias genéticas no son suficientes para prevenir tales cambios en los valores culturales. Sin embargo, podríamos interpretar que no es el hecho de que las culturas colectivistas ejercen una especie de protección para los individuos cortos/cortos, sino que las culturas colectivistas tienden a perpetuar y ser más resistentes a los cambios cuando los individuos se ven más afectados por cosas como la exclusión social, es decir, si uno es menos propenso por cuestiones de sensibilidad a la exclusión social a desafiar a las instituciones sociales y su organización, los valores culturales existentes se expandirían y permanecerían dentro de la población. Este sería un caso en el que la cultura (los valores prevalentes en la sociedad) selecciona ciertos tipos de genes y comportamientos. Por ejemplo, Mrazek, Chiao, Blizinsky, Lun y Gelfand (2013) investigaron la coevolución de la estrechez cultural (la adherencia estricta o no a las normas sociales) y el gen transportador de la serotonina en la producción de justificación moral, dependiendo de las variaciones en la amenaza ecológica. Como indican, las naciones estrechas se caracterizan por respaldar de forma más probable el cumplimiento estricto de las normas sociales, mientras que las naciones flexibles son más propensas a tolerar las violaciones de las normas sociales. La rigidez se refiere a la sensibilidad del cumplimiento de las normas sociales, mientras que la holgura se refiere a las violaciones de las normas sociales. Encontraron en 21 naciones, que la amenaza ecológica predice la rigidez-holgura cultural debido a la frecuencia de variación corta/corta, y la frecuencia de la variación del alelo S predice la justificación del comportamiento moral basado en la rigidez-holgura. Esto podría interpretarse como una indicación de que el comportamiento moral adaptativo resulta tanto de la selección cultural como genética de la rigidez-holgura y el gen transportador de serotonina (Mrazek et al., 2013). Así que la dirección de la causalidad podría ir de cualquier manera. Como estos autores consideran, las amenazas ecológicas y humanas aumentan la selección de portadores del alelo S, ya que estas personas tienen más probabilidades de detectar dichas amenazas ambientales y de evitarlas. Al mismo tiempo, debido a la mayor sensibilidad a las amenazas, los individuos del alelo S también están más inclinados a desarrollar normas sólidas que les ayuden a coordinar acciones para hacer frente a estas amenazas.

(Figura tomada de Mrazek et al., 2013)

La relación entre la cultura y la genética y la función cerebral puede ser aún más complicada. Se ha encontrado, por ejemplo, que las personas de las culturas colectivistas tienen más probabilidades de preferir la supresión expresiva (emocional), mientras que las personas de la cultura individualista tienen más probabilidades de preferir una reevaluación cognitiva, y esto parece estar relacionado con las diferencias genéticas para el OXTR (Chiao et al., 2013). De acuerdo con estos autores, es más probable que los portadores de alelos A en Corea prefieran la supresión emocional en comparación con los portadores de alelos G, pero curiosamente, este patrón es el opuesto en los estadounidenses, lo que sugiere que la cultura interactúa con el OXTR en la preferencia de la estrategia de regulación emocional. Una forma de interpretar esto es que no solo la cultura puede afectar qué genes son más frecuentes, sino específicamente el tipo de comportamiento que los genes influirán. 

También podríamos argumentar que las culturas colectivistas e individualistas no se refieren solo a la relación entre la persona y el grupo, sino que también existen diferencias en los procesos cognitivos. Se podría decir que las culturas colectivistas e individualistas podrían haber surgido como una función de las diferencias en estos procesos cognitivos, en lugar de una manera de proteger las vulnerabilidades. Por ejemplo, la evidencia muestra que los asiáticos orientales y los occidentales tienen diferentes estilos de percepción en la decodificación de escenas visuales. Los occidentales tienden a centrarse en los objetos de forma analítica, sin tener en cuenta el contexto, mientras que los asiáticos orientales tienden a hacer lo contrario, centrándose más en el contexto (Nisbett & Miyamoto, 2005). De acuerdo con estos autores, las personas que viven en los Estados Unidos y Japón que respaldan los valores culturales individualistas por ejemplo, tienen una actividad neuronal mayor en la corteza prefrontal medial a las declaraciones generales comparadas con las autoafirmaciones contextuales, mientras que las personas que respaldan los valores culturales colectivistas muestran la contrario, un aumento de la respuesta de la corteza prefrontal medial al contexto en comparación con las afirmaciones generales. Además, se ha encontrado que el “priming” cultural modula la respuesta neural en partes dorsales, pero no ventrales, de la corteza prefrontal medial, cuando a las personas se les muestran datos autobiográficos. Estos resultados sugieren que los valores culturales modulan la respuesta neuronal durante el autoprocesamiento (Chiao et al., 2013). Otro ejemplo de la cultura que modula las respuestas neuronales se puede encontrar en la investigación sobre el individualismo-colectivismo y las bases neuronales de la emoción. La evidencia sugiere que las personas que viven en una cultura más colectivista, como lo sería Japón, muestran una mayor respuesta de la amígdala en comparación con las personas que viven en una cultura individualista, como los Estados Unidos. Este efecto parece ser independiente de otros factores que modulan la respuesta de la amígdala, como el genotipo, el género, la personalidad o la urbanidad. Al mismo tiempo, se ha encontrado que para los asiáticos que viven en Europa, la respuesta de la amígdala a las emociones expresadas por los europeos caucásicos depende de la duración de la estadía en Europa (Chiao et al., 2013). Podemos decir, en base a todo esto, que los valores culturales modulan la actividad neuronal, pero también tenemos evidencia de diferencias en los procesos cognitivos que podrían afectar la prevalencia de los valores culturales dentro de una población.

Parece que hay un mayor procesamiento centrado en el objeto entre los occidentales. Por ejemplo, participantes estadounidenses han demostrado activaciones neurales más fuertes y más distribuidas durante el procesamiento de objetos en áreas como el giro temporal medio, el giro superior-temporal supramarginal derecho y el lóbulo parietal superior. Pero pocas diferencias cerebrales interculturales se asociaron con el procesamiento en segundo plano, por lo tanto, se piensa que, contrariamente a la idea de que hay una mayor atención al contexto entre los asiáticos orientales, que estas diferencias resultan del procesamiento adicional de objetos entre los occidentales (Ames & Fiske, 2010 ). Esta diferencia podría haber surgido como resultado de la inmersión cultural, ya que las investigaciones muestran que las diferencias neuronales entre los grupos de asiáticos y occidentales se correlacionan con la cantidad de años durante los cuales esos grupos han tenido experiencias divergentes, es decir, tal procesamiento de objetos en estadounidenses frente a singapurenses, por ejemplo, surgió solo para adultos mayores, y no para participantes más jóvenes (Ames & Fiske, 2010). Esto sugiere que es la cultura que afecta la función cerebral en lugar de al revés. Este efecto ha sido controlado para posibles influencias de factores de desarrollo, neurobiológicos y genéticos que podrían haber contribuido a su aparición. Por ejemplo, en un experimento, los participantes de “priming” con un estilo occidental independiente de auto-construcción, llevaron a una mayor activación de la corteza occipital lateral, un área relacionada con el procesamiento de objetos, durante una tarea que involucra objetivos visuales locales versus globales (Ames & Fiske, 2010). Después de lo anterior, se ha encontrado que el reclutamiento de recursos de atención varía entre ciertas tareas para diferentes culturas, en este caso se requiere menos procesamiento de atención para los modos culturalmente preferidos (Ames & Fiske, 2010).

Además, la investigación muestra que la activación neuronal relacionada con los procesos numéricos básicos varía considerablemente entre las culturas (Han & Northoff, 2008). Al mismo tiempo, la activación neural en el caso del procesamiento del lenguaje es diferente, por ejemplo, los hablantes nativos de chino activan las regiones dorsales del lóbulo parietal inferior cuando leen caracteres chinos, mientras que los hablantes nativos de inglés reclutan el giro temporal superior para leer palabras en inglés (Han & Northoff, 2008).

Sin embargo, hay un límite en la medida en que las diferencias en la cultura podrían generar diferencias en la función cerebral. Park y Gutchess (2006) analizaron el envejecimiento y las diferencias interculturales. Muestran una distinción entre los procesos cognitivos que disminuyen de manera similar en todas las culturas, lo que indica la universalidad del envejecimiento cognitivo y el envejecimiento que es diferente entre culturas, como se expresa, por ejemplo, por las diferencias en la activación de áreas de procesamiento de objetos respecto al pasado de adultos de culturas asiáticas versus occidentales. Han y Northoff (2008) hablan de manera similar sobre los hallazgos que muestran una distinción entre los mecanismos neuronales de la cognición humana sensibles a la cultura y los invariantes de la cultura.

Otras dimensiones en las que las culturas varían entre sí se han abordado en términos de diferencias en la variación genética relacionada con la función cerebral. Por ejemplo, el gen del transportador de serotonina (SLC6A4) se ha estudiado en relación con el dominio y el poder. El comportamiento de dominancia social de las poblaciones en culturas con un índice de distancia de alta potencia (PDI) parece verse afectado por la frecuencia de portadores de alelo S en comparación con los portadores de alelo L. Los primeros parecen ser más sensibles a las señales sociales. La evidencia muestra que las especies de monos rhesus, por ejemplo, que tienen sociedades más tolerantes con menos jerarquía y dominancia relajada tienden a llevar solo el alelo L (Chiao et al., 2013). La preferencia por la jerarquía social en sí misma es algo que parece estar moldeado por valores culturales. Se ha encontrado que las personas de lugares como Corea, una nación que se considera prefiere la jerarquía social, muestra un aumento de la respuesta neuronal empática dentro de la unión temporo-parietal izquierda, al ver a personas de su propia cultura con dolor, en comparación con escenarios neutrales y en comparación con las personas que viven en los Estados Unidos, por ejemplo, una nación que prefiere el igualitarismo. Esto parece estar relacionado con el reclutamiento de regiones cerebrales asociadas con la teoría de la mente (como la unión temporo-parietal) cuando se responde al dolor de otros en una cultura jerárquica (Chiao et al., 2013). Según lo mencionado por estos autores, se argumenta que la activación de esta área no es tan importante en las culturas más igualitarias, ya que permiten una expresión más emocional en comparación con las culturas jerárquicas altas, lo que ayuda a aumentar las señales sociales que permiten a las personas interpretar y responder a los sentimientos de las personas cuando se encuentran en situaciones dolorosas o neutrales.

Todavía existen desafíos en el uso de la neurociencia para comprender las diferencias interculturales, uno de los más relevantes se refiere a las barreras económicas, como las que tienen que ver con el tremendo costo de los escáneres de resonancia magnética y la capacitación de personal en el área. También existe la necesidad de unir investigaciones diversas dentro de la neurociencia cultural (Ng, Morris, & Oishi, 2013). Esto, considero, sería importante para el progreso de nuestra comprensión de las diferencias interculturales. Pero aún así, creo que la neurociencia puede decirnos mucho sobre estas diferencias. Observamos y criticamos la evidencia que muestra las posibles relaciones entre los genes, la función cerebral y la cultura, y aunque muchos aspectos no están claros, podemos concluir que existen interacciones importantes entre estos aspectos, pero debemos seguir haciendo preguntas sobre la relación exacta entre estos elementos.  

Referencias

Ames, D., & Fiske, S. (2010). Cultural neuroscience. Asian Journal of Social Psychology,13(2), 72-82.

Chiao, J., Cheon, B., Pornpattananangkul, N., Mrazek, A., & Blizinsky, K. (2013). Cultural Neuroscience: Progress and Promise. Psychological Inquiry,24(1), 1-19.

Han, S., Northoff, G., Vogeley, K., Wexler, B., Kitayama, S., & Varnum, M. (2013). A Cultural Neuroscience Approach to the Biosocial Nature of the Human Brain. Annual Review of Psychology,64, 335-359.

Han, S., & Northoff, G. (2008). Culture-sensitive neural substrates of human cognition: A transcultural neuroimaging approach. Nature Reviews Neuroscience9(8), 646-654.

Mrazek, A. J., Chiao, J. Y., Blizinsky, K. D., Lun, J., & Gelfand, M. J. (2013). The role of culture–gene coevolution in morality judgment: examining the interplay between tightness–looseness and allelic variation of the serotonin transporter gene. Culture and Brain1(2-4), 100–117. http://doi.org/10.1007/s40167-013-0009-x

Ng, B., Morris, J., & Oishi, S. (2013). Cultural Neuroscience: The Current State of Affairs. Psychological Inquiry,24(1), 53-57.

Nisbett, R. E. & Miyamoto, Y. (2005). The influence of culture: Holistic versus analytic perception. Trends in Cognitive Sciences, 9 (10), 467–473.

Northoff, Georg, Heinzel, Alexander, De Greck, Moritz, Bermpohl, Felix, Dobrowolny, Henrik, & Panksepp, Jaak. (2006). Self-referential processing in our brain—A meta-analysis of imaging studies on the self. Neuroimage,31(1), 440-457.

Park, D., & Gutchess, A. (2006). The cognitive neuroscience of aging and culture. Current directions in psychological science15(3), 105-108.

Way, B. M., & Lieberman, M. D. (2010). Is there a genetic contribution to cultural differences? Collectivism, individualism and genetic markers of social sensitivity. Social cognitive and affective neuroscience5(2-3), 203-211.

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