Volviendo a Uruguay y la ventana rota

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Leandro Castelluccio

 

En esta nota quisiera reflexionar sobre un hecho que me llamó la atención al retornar a Uruguay luego de un año viviendo en Reino Unido. En cierta forma percibí algo parecido en otros lugares de Europa que tuve la oportunidad de visitar. Luego de un tiempo viviendo rodeado de cierta estética urbana particular, de mucho espacio verde y diría una gran homogeneidad en la vía pública, me llamó la atención encontrarme distinguiendo cosas de la urbanidad de Montevideo que antes pasaba por alto, probablemente por la costumbre, pero creo que el contraste lo hizo sobresalir. En Europa sucedió algo parecido, y probablemente la gran mayoría de las personas lo han visto en sus propios barrios o lugares que habita, pero lo que deseo remarcar aquí es el contrate y como vivimos acostumbrados a ciertas estéticas que terminan pasando desapercibido. A lo que me refiero es a los grafitis en la vía pública y al cuidado general de la misma (basura, roturas, etc.).

El cambio se hace notorio en ciertos contextos, quizás es una generalización apresurada, pero la experiencia diaria parece confirmarla: contextos o barrios más carenciados tienden a tener espacios menos cuidados y donde el grafiti está más presente. No el grafiti artístico, sino las rayas, frases y firmas. Esto hace recordar la teoría de la ventana rota, donde se percibe que espacios descuidados o “trasgredidos”, por decirlo de una manera, se ven asociados a mayores índices de criminalidad y problemáticas diversas o contextos de mayor pobreza (ver los siguientes párrafos). Podría discutirse si hay una cuestión de causalidad aquí, pensar que la trasgresión y los espacios sucios y con grafitis genera una propensión a la delincuencia y la pobreza. Muchos argumentarán que en realidad el contexto de carencias previo es el que genera tales manifestaciones visuales en la urbanidad y no al revés (correlación no significa causalidad). Probablemente eso es lo cierto, pero creo que la verdad aun más exacta es que pasan ambas cosas, quizás con una predominancia de lo último. O sea, el contexto genera la presencia de tales manifestaciones, pero las mismas a su vez pueden llegar a promover ciertas actitudes de trasgresión en las personas.

Una hipótesis interesante es que tal influencia del espacio público trasgredido en las personas se da en un ámbito inconsciente. Podría hasta vislumbrarse la actitud y carácter general de una comunidad por cómo se ve el espacio público. Y en Montevideo es prominente la cantidad de descuido de la urbanidad, se observa en la cantidad enorme de grafitis o en la basura y descuido general de las veredas y calles. ¿Y hasta qué punto juega un papel la idiosincrasia y carácter del montevideano o el uruguayo en general en todo esto? A veces se dice que el uruguayo es un tanto apagado y poco optimista, melancólico o descuidado en cómo luce frente a los demás. ¿Puede esto trasladarse a la forma en que mantiene lo que le rodea? Sin entrar en conjeturas excesivas, digamos que esto al menos da para pensar y reflexionar acerca de cómo nos comportamos en el espacio público y cómo lo cuidamos, y cómo esto influye en otras cosas, pero pongamos las cosas en su contexto.

Tal como reflexiona Wilson y Kelling (1982), durante la mitad de la década de los setentas, en el estado de Nueva Jersey en Estados Unidos, se implementó un programa diseñado para mejorar la calidad de la vida comunitaria en diferentes ciudades, consistiendo en un mayor números de efectivos policiales a pié recorriendo distintos barrios. El programa fue recibido con cierto escepticismo por parte de diversas personas, entre académicos y oficiales de la policía. Luego de 5 años de implementado se llevó a cabo una evaluación del mismo en base a un experimento cuidadosamente controlado, llegando a la conclusión de que el programa no logró reducir los índices de criminalidad. Sin embargo, los residentes de los barrios con policías a pié tendían a creer que el crimen había reducido, y lo que es más, parecían tomar menos precauciones de protegerse del crimen. Estos residentes también presentaban una opinión más favorable hacia la policía, y esta última tenía a su vez una mejor opinión de sí y de los residentes de los barrios que transitaban (Wilson & Kelling, 1982). Este es un hecho interesante que nos incita a tener en cuenta ciertas cosas. Por un lado, una cosa es la percepción de la criminalidad y otra cosa la criminalidad real. En Uruguay se a tergiversado este hecho en el ámbito publico, si bien es cierto que una cosa es la percepción y otra la criminalidad real, se ha afirmado muchas veces que las personas tienen una sensación de inseguridad (“sensación térmica”) mientras se observaba un aumento estadístico real en los índices de criminalidad, por lo que ambos hechos no estaban disociados. Por otro lado, se observa cada vez más en distintas zonas de Montevideo mayor personal policial a pié, en distintas esquinas, incluso a altas horas de la noche y madrugada, que, como se observó en el estudio anterior, no necesariamente tiene un impacto en la disminución del crimen, y lo que es más, puede inducir a las personas a tener menos cuidado frente al crimen. Y debemos ser precavidos si se afirma desde el ámbito público cualquier conclusión en base a la presencia de oficiales a pié. Cabe reflexionar que tal presencia de oficiales mejora también la opinión sobre la policía, que no está mal, pero se debe tener en cuenta también los resultados, y la relación costo beneficio sobre el crimen.

Lo cierto es que Wilson y Kelling (1982) concluyen que lo que los policías a pié lograron fue elevar el nivel de orden público en los barrios. A nivel comunitario los autores plantean en base a ciertos estudios que el desorden social y el crimen suelen estar íntimamente conectados, por ejemplo, tenemos el caso del experimento de Philip Zimbardo, en el cual tanto un auto abandonado en un barrio más carenciado como en uno barrio de nivel socio-económico alto son vandalizados por personas percibidas como “de bien” y no simplemente criminales, esto ocurre cuando se rompe una ventana del auto y se genera la percepción de abandono, de que ya no le importa a nadie, y eso es como una vía libre para generar más daño (Wilson & Kelling,1982). Sin embargo, cómo comentábamos anteriormente la percepción de criminalidad y la criminalidad no van necesariamente de la mano, pero mantener el orden público es algo valorado por la comunidad, y no necesariamente mantener el orden frente a criminales, sino como indican Wilson y Kelling (1982), frente a pequeños trasgresores, por decirlo de una manera, personas alcoholizadas, drogadictos, pequeños grupos de adolescentes molestando a otras personas, etc.

Ahora, autores como Sampson y Raudenbush (2004), concluyen que si bien el orden observado predice el desorden percibido, el contexto racial y económico de una comunidad tiene mayor relevancia, en el sentido de que a medida que la concentración de grupos minoritarios y la pobreza aumenta, los residentes de la comunidad, de diverso tipo, perciben un mayor desorden, incluso luego de tomar en cuenta una serie extensa de características personales y condiciones del barrio independientemente observadas. Se concluye que ver desorden está ligado a nociones o significados que van más allá de lo que afirman ciertas teorías, y que se conecta con procesos auto-reforzantes que perpetúan la inequidad racial urbana (Sampson & Raudenbush, 2004). Y en cierta forma podemos confundir el factor de pobreza o criminalidad con el de desorden o transgresión del espacio público, cómo indicaba el experimento de Zimbardo, en el barrio de contexto socio-económico alto el proceso de trasgresión también se hizo presente frente a una percepción de desorden y abandono.

De todas formas, existen muchas críticas de la teoría de la ventana rota que llaman a hacer reconsideraciones (ejemplo: Gau & Pratt, 2008). De nuevo, no es lo mismo el desorden percibido que el desorden físico, al parecer existiría una construcción individual personal, o como también se suele denominar, “social”. Hinkle y Yang (2014) encontraron poca correspondencia entre las percepciones de los residentes de la comunidad y las observaciones de los investigadores sobre el desorden social, sugiriendo una forma diferente de formar percepciones sobre el tema. Los resultados también sugieren que personas de distintitas historias o antecedentes vivenciales pueden percibir el mismo ambiente social de diferentes maneras. A su vez, contrario a lo que podríamos decir intuitivamente, el desorden promueve mayor miedo que crimen. También es importante tener en cuenta que el miedo y la calidad de vida percibida son predictores significativos de la satisfacción ciudadana con la policía (Xu, Fiedler & Flaming, 2005).

¿Qué deberíamos concluir de todo esto? Ante todo precaución en hacer conclusiones apresuradas. Evitar que nuestras primeras impresiones de las cosas moldeen nuestro juicio. Lo cierto es que hay toda una sería de cosas acerca de la urbanidad de Montevideo que nos llaman a la reflexión, cosas que a veces no suelen ser tratadas con asiduidad en los medios, y que pueden tener repercusiones diversas, pero debemos colocarlas en su contexto apropiado.

Por último, hago aquí referencia a una noticia-estudio reciente interesante (link aquí), donde se comenta como los puntajes de una encuesta anual sobre bienestar respecto a cierto ítem de la misma se observa en regiones de la costa oeste y nórdica de Escocia en sus niveles más altos, incluso teniendo en cuenta el crudo clima que allí se vive en distintas épicas del año. Estudios posteriores parecen rectificar que los índices de felicidad más altos se observan en regiones de la campiña, cerca de zonas con mar, océano o lagos, y en términos generales, lejos de la ciudad. ¿Cómo podemos relacionar esto con la urbanidad y el desorden público? Es motivo también para reflexionar, pero ante todo, si los índices de bienestar aumentan conforme nos alejamos del espacio urbano (aunque esto no sea así siempre y necesariamente), con más razón debemos cuidar el espacio público y urbano, haciéndolo el mejor lugar posible, dado lo que es, para ser habitado de forma satisfactoria.

Referencias

Gau, J. M., & Pratt, T. C. (2008). Broken windows or window dressing? Citizens'(in) ability to tell the difference between disorder and crime. Criminology & Public Policy7(2), 163-194.

Hinkle, J. C., & Yang, S. M. (2014). A new look into broken windows: What shapes individuals’ perceptions of social disorder?. Journal of Criminal Justice42(1), 26-35.

Sampson, R. J., & Raudenbush, S. W. (2004). Seeing disorder: Neighborhood stigma and the social construction of “broken windows”. Social psychology quarterly67(4), 319-342.

Wilson, J. Q., & Kelling, G. L. (1982). The police and neighborhood safety: Broken windows. Atlantic monthly127(2), 29-38.

Xu, Y., Fiedler, M. L., & Flaming, K. H. (2005). Discovering the impact of community policing: The broken windows thesis, collective efficacy, and citizens’ judgment. Journal of Research in crime and Delinquency42(2), 147-186.

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