Por Leandro Castelluccio
En este ensayo, exploraré y defenderé el concepto de persona y la noción de identidad en contraposición a la perspectiva budista del “no yo”. Si bien la filosofía budista ofrece una visión única y profunda sobre la naturaleza de la existencia, su idea del “no self” o “no yo” puede generar confusión y desafíos para nuestra comprensión convencional de quiénes somos. A través de un análisis crítico, buscaré reconciliar estas aparentes contradicciones, argumentando a favor de la preservación y valorización de la persona y la identidad en el contexto de esta enseñanza budista.
La práctica de mindfulness ha ganado una gran popularidad en Occidente en las últimas décadas, siendo adoptada por un amplio espectro de personas, desde ejecutivos corporativos hasta estudiantes y profesores. Esto se debe en parte a su eficacia demostrada en la reducción del estrés y la ansiedad, así como en la mejora del bienestar emocional y mental. Además, cada vez más estudios respaldan sus beneficios para la salud física y mental.
Es común ver programas de mindfulness implementados en entornos educativos y laborales, aludiendo que esta práctica también promueve la concentración, la creatividad y la resolución de problemas, así como también fomentaría la empatía y las relaciones interpersonales positivas. Esta creciente popularidad refleja una creciente conciencia sobre la importancia de cuidar la salud mental y encontrar formas efectivas de gestionar el estrés en la vida cotidiana.
A su vez, también ha ganado terrero como practica espiritual para un grupo cada vez más grande de personas que no han encontrado su lugar en otras religiones.
La práctica de mindfulness, en su forma más profunda y refinada, se conecta intrínsecamente con la noción budista del “no yo” y encuentra su expresión más completa en las enseñanzas de Dzogchen. En el corazón de esta conexión está la comprensión de que la experiencia no tiene un centro fijo o permanente, sino que es fluida, cambiante y sin una especia de yo sólido que la controle.
En el contexto budista, la noción de “no yo” o “anatta” en pali, sostiene que no hay una entidad o identidad permanente que se pueda identificar como el “yo” dentro de la experiencia. Esta enseñanza desafía la concepción común de la existencia de un yo sólido y estable, independiente de las condiciones cambiantes de la vida. En cambio, propone que la experiencia es interdependiente y está en constante flujo, sin un núcleo o esencia fija.
Como explica el filósofo budista Thich Nhat Hanh, el “no yo” no significa que no existimos, sino que no somos una entidad separada e independiente. Hanh sostiene que “la noción de un yo separado es una ilusión” y que toda existencia es interdependiente. Esta interdependencia forma parte de lo que el científico y filósofo Francisco Varela denomina “autopoiesis”, un proceso en el que los seres vivos se producen y se mantienen a sí mismos en relación con su entorno, lo que descompone la noción de un yo fijo y centralizado. Además, el psicólogo y neurocientífico Evan Thompson, en su obra Mind in Life, subraya que la mente y la experiencia consciente no son entidades estáticas, sino procesos dinámicos y en constante cambio, lo que está en consonancia con las enseñanzas budistas del no yo.
Cuando aplicamos esta comprensión al mindfulness, vemos que la práctica nos invita a observar la experiencia sin aferrarnos a la idea de un yo separado que la experimenta. En lugar de identificarnos con nuestros pensamientos, emociones o sensaciones corporales, aprendemos a verlos como eventos mentales transitorios que surgen y desaparecen en la conciencia.
La práctica de mindfulness tipo Dzogchen profundiza esta comprensión al enfocarse en la naturaleza misma de la mente. En Dzogchen, se enseña que la mente misma es intrínsecamente vacía y luminosa, sin ningún centro o sustancia sólida. En lugar de tratar de controlar o manipular la mente, la práctica consiste en descansar en la conciencia desnuda, sin interferir con su naturaleza espaciosa y abierta.
En lugar de un punto focal, la conciencia se despliega como un vasto campo de fenómenos en constante cambio. El Dzogchen, con su enfoque en la naturaleza primordial de la mente, invita a los practicantes a sumergirse en la experiencia directa del momento presente, sin aferrarse a conceptos ni identificaciones. Esta comprensión trascendental desata una liberación del sufrimiento arraigado en la ilusión del ego. Al despojar a la mente de la búsqueda de un centro, se encuentra una profunda serenidad y claridad.
La práctica meditativa se convierte así en un viaje de autoexploración radical, donde se desvela la verdad fundamental de la existencia: la ausencia de un “yo” separado del flujo de la realidad. En este reconocimiento de la no dualidad, florece una profunda paz y un sentido de conexión con todo lo que es.
Al practicar mindfulness tipo Dzogchen, se busca cultivar una actitud de apertura y receptividad hacia la experiencia tal como es, sin intentar cambiarla o mejorarla. Esto implica soltar la tendencia habitual de tratar de controlar o manipular nuestra experiencia para que se ajuste a nuestras expectativas o deseos. En cambio, nos abrimos a la experiencia en su totalidad, permitiendo que surja y se despliegue sin interferencia.
Esta actitud de apertura y aceptación se relaciona directamente con la noción budista de desapego. Al soltar nuestra identificación con la experiencia y permitir que surja y desaparezca libremente, cultivamos una sensación de libertad interior y paz mental. Nos damos cuenta de que no hay nada que buscar o aferrarse en la experiencia, ya que todo es transitorio y cambiante.
Al mismo tiempo, la práctica de mindfulness tipo Dzogchen nos invita a reconocer la naturaleza luminosa y clara de la mente misma. A través de la observación directa de la conciencia, descubrimos que la mente no está limitada por las condiciones cambiantes de la experiencia, sino que es intrínsecamente libre y sin límites. Esta comprensión nos libera de la identificación con nuestros pensamientos y emociones, permitiéndonos descansar en la conciencia misma como nuestro verdadero ser.
Sin embargo, hay un peligro en la incorporación de esta práctica cuando lo vemos a través de la lente de nuestro mundo conceptual. El peligro es que nos puede llevar a formar una creencia equivocada de la realidad, la idea de que no tenemos una identidad, que no hay nada que refiera a ser “yo”. Esto puede crear una visión negativa de la existencia donde el ser humano es una colección impersonal de sucesos y procesos mentales ocurriendo pasivamente, sin intención, voluntad o agencia lo personal.
Desde una perspectiva psicológica, la sensación de despersonalización descrita en algunos practicantes de meditación ha sido estudiada por investigadores como Willoughby Britton, quien ha señalado que las prácticas meditativas intensas pueden llevar a lo que se denomina “dark night” (noche oscura), un estado donde los practicantes experimentan desorientación o pérdida de identidad personal. Britton destaca la importancia de un acompañamiento adecuado en la práctica meditativa, ya que, sin una adecuada comprensión, el desapego del ego puede ser malinterpretado como una pérdida de la persona, lo que puede desencadenar malestar emocional severo. Estas observaciones coinciden con las advertencias del filósofo Alan Watts, quien señaló que la “despersonalización” no debe confundirse con la aniquilación del ser, sino que debe verse como una oportunidad para trascender las identificaciones superficiales del yo.
Por ello, si bien la comprensión del “no yo” en la práctica de mindfulness puede ser profundamente liberadora, también puede ser malinterpretada y llevar a una visión nihilista o despersonalizada de la existencia. Pero no solo eso, muchos llegan a teorizar y desarrollar de que efectivamente no existe la persona como tal, y que solo somos una colección impersonal de procesos ocurriendo pasivamente sin ningún tipo de control en base a un libre albedrío.
Yo argumento, al contrario, de que efectivamente existe la persona y la identidad, que efectivamente somos algo desde lo cual nos posicionamos como agentes con intención y libre albedrío. Considero que la práctica del mindfulness y su variante Dzogchen son positivas y liberadoras en la medida que comprendemos que estas no son una contienda contra nuestra identidad y “yo”.
En este tipo de práctica meditativa donde atendemos a la ausencia de centro en la experiencia, en ciertas personas, puede desencadenar efectos de despersonalización. Al enfrentaros al cambio de perspectiva y a la nueva sensación de ausencia de ego, algunos individuos pueden experimentar la sensación de que algo no está bien, lo cual puede provocar malestar y desequilibrio emocional.
No obstante, la meditación de tipo no dual representa uno de los ejercicios meditativos más profundos y ofrece beneficios experienciales significativos al ayudarnos a desapegarnos de las etiquetas que nos adjudicamos y entender que eso no es lo que somos. En consecuencia, no se trata de una práctica desaconsejable, sino más bien todo lo contrario. De todas formas, es prudente tener en cuenta este aspecto.
Ahora bien, ¿qué está sucediendo aquí? En ocasiones, quienes practican la meditación y experimentan la sensación de perder algo importante, como el ego, lo que hacen es caer en el pensamiento de que esta experiencia de ausencia de ego no es apropiada de algún modo, y que ya no son exactamente lo que eran, al menos por un instante. Es decir, el problema no radica en la experiencia misma, sino en cómo la interpretamos y evaluamos.
Este fenómeno se enmarca en el eje central mismo que busca iluminar la práctica meditativa: al inmiscuirnos en el ámbito conceptual, nos distanciamos de la experiencia real, sin percatarnos de que siempre hemos existido sin ese ego o centro. Es el pensamiento el que nos conduce al sufrimiento debido a estas construcciones conceptuales.
En ocasiones, las personas creen que deben “trascender” el ego, convirtiendo esto en una búsqueda urgente que sugiere que no están progresando genuinamente hacia la iluminación dentro del contexto de la práctica meditativa. Sin embargo, la cuestión reside en comprender que, en primer lugar, no existe un ego que trascender, sino más bien en reconocer que no hay un centro en la experiencia. Lo que consideramos como el yo o la identidad personal se basa en realidad en un estado interdependiente de elementos, ninguno de los cuales explica la esencia del yo en sí mismo. Nunca podremos hallar dentro de los contenidos de la conciencia algo que capture nuestra esencia, ya que dichos contenidos son cambiantes y pasajeros, además de que somos un conjunto de procesos interdependientes.
Pese a ello, sí que hay algo que somos, aun sea algo que existe también de forma interdependiente, y la pauta de que existe algo que somos en un sentido de identidad nos la da la noción de autoconciencia.
Podríamos hablar de la autoconciencia como una doble percepción: la capacidad de percibirnos como individuos únicos y separados de los demás, y la capacidad de reflexionar sobre nuestra propia existencia y experiencia. A través de esta reflexión, nos convertimos en observadores de nosotros mismos, capaces de evaluar nuestras acciones a la luz de nuestros valores y creencias.
En apoyo a esta visión, el filósofo Thomas Metzinger, en su obra The Ego Tunnel, sostiene que lo que llamamos “yo” es en realidad una representación mental generada por la conciencia, pero esta representación no significa que no haya algo que experimente dicha conciencia. Según Metzinger, aunque no exista un yo sólido o fijo, hay una “construcción” de la identidad que surge de la experiencia consciente misma, lo que implica una forma de autoconciencia que se despliega a lo largo del tiempo. De manera similar, el neurocientífico Antonio Damasio, en su obra The Feeling of What Happens, sostiene que el “yo” puede entenderse como una entidad que emerge de la interrelación de los procesos cerebrales con las experiencias sensoriales. Según Damasio, hay una base neurobiológica para la autoconciencia que refuerza la idea de que, aunque no haya un ego fijo, sí existe una identidad funcional que es la propia conciencia en acción.
Pero más profundamente, la autoconciencia es una manifestación única de la mente humana que se despliega en múltiples niveles de complejidad. Desde una perspectiva filosófica y fenomenológica, implica la comprensión de que hay una identidad que percibe y comprende su propia existencia. Esta identidad no se limita simplemente a la idea de un “yo” separado, sino que se extiende hacia una conciencia más amplia y profunda de nuestra esencia como seres conscientes.
En esta exploración de la autoconciencia, nos encontramos con la noción de que somos la conciencia misma, que nuestra identidad no se limita a las etiquetas que la sociedad nos otorga o a los roles que desempeñamos en nuestras interacciones cotidianas. Somos, en esencia, la experiencia misma de ser conscientes, la cual trasciende cualquier categorización superficial.
Nos hayamos en la experiencia consciente, que es interdependiente en la medida que se conforma por una multitud de elementos interactuando, todo lo que los sentidos nos informan son como elementos que se plasman en un lienzo y le dan forma al mismo, y nosotros somos ese lienzo.
Esta comprensión desafía la noción tradicional de un ego o self como un centro estático de la experiencia. Si bien no podemos señalar un punto específico dentro de nuestra experiencia consciente y decir “aquí está el yo”, sí podemos reconocer la presencia de una conciencia subyacente donde se plasma la forma y significado de todas nuestras percepciones y experiencias. Esa conciencia es lo que somos.
Al abrazar esta verdad fundamental de nuestra existencia, nos encontramos con un sentido renovado de integridad y autenticidad. Nos liberamos de las limitaciones autoimpuestas y nos permitimos vivir desde un lugar de plenitud y conexión con nuestra esencia más profunda.
En consecuencia, la autoconciencia implica que hay una identidad que sabe que está percibiendo cosas, que entiende que existe alguien que es consciente, ese alguien es nuestra identidad, que es real, y refiere a la consciencia misma. Somos la conciencia, existe algo que somos y refiere a eso.
Esta idea encuentra resonancia en las reflexiones del filósofo contemporáneo David Chalmers, quien ha postulado que la conciencia es el “problema difícil” de la filosofía de la mente precisamente porque no podemos reducirla a simples procesos cerebrales. Chalmers sugiere que la conciencia en sí misma es un aspecto irreductible de la realidad, lo que respalda la afirmación de que somos algo más que meros procesos impersonales. La conciencia, entonces, es el núcleo de lo que somos, y al integrar esta comprensión con la práctica meditativa, podemos reconocer nuestra identidad como el sustrato consciente que trasciende el flujo cambiante de pensamientos y sensaciones.
Si bien no hay un centro en la experiencia que podríamos asociar a un ego o self, pues no existe esa separación entre alguien que conoce y lo conocido a nivel de nuestra experiencia subjetiva, sí que hay alguien que conoce, hay una conciencia que es, y ese “es” se da como la función de ser conscientes. Esa conciencia es nuestro genuino centro, es lo que somos, es nuestra identidad.
La esencia de la meditación radica en su capacidad para trascender los confines de la conceptualización y sumergirse en la pura experiencia de ser. Al adoptar este enfoque, nos permitimos fusionarnos con la realidad tal como se manifiesta en nuestra conciencia, liberándonos de las limitaciones impuestas por el pensamiento y la interpretación.
La práctica meditativa, en su esencia, nos guía hacia una percepción más objetiva del mundo que nos rodea. Nos despoja de la ilusión de que somos meramente un producto de nuestros pensamientos, revelando en su lugar que nuestra verdadera identidad reside en el sustrato subyacente de la conciencia. Así, al sumergirnos en un estado no conceptual, somos capaces de vislumbrar nuestra esencia más auténtica y trascender la mera identificación con el flujo de pensamientos.
En este sentido, la meditación nos ofrece una perspectiva más precisa al desafiar la noción de que nuestra existencia se reduce a una amalgama impersonal de procesos mentales. Reconocemos que el pensamiento mismo, incluida la creencia en nuestra naturaleza limitada por él, es simplemente una faceta más de la experiencia humana, pero no constituye la totalidad de nuestra esencia. Somos, en esencia, una entidad más vasta y fundamental: la conciencia que abarca todos los aspectos de nuestro ser. Somos un campo infinito de percepción y experiencia que se extiende más allá de los límites del pensamiento.
En última instancia, la meditación nos invita a despojarnos de las cadenas de la identificación conceptual y abrazar la plenitud de nuestra existencia. Al sumergirnos en la esencia de ser, encontramos una profunda sensación de libertad y expansión. Nos convertimos en testigos conscientes de la danza eterna del universo, reconociendo nuestra interconexión con todo lo que existe.
Por ello, la importancia de atenernos a un nivel no conceptual, que es el punto de la meditación, ser con lo que es y se manifiesta en la conciencia.
Entonces, una forma más acertada de ver la meditación es que nos ayuda a ver cómo el pensamiento de que somos una colección impersonal de procesos es simplemente un pensamiento, y que tener esa creencia no define quiénes somos, porque nosotros no somos esa creencia, no somos ese pensamiento, somos una “sustancia”, la conciencia, que todo lo abarca.
La meditación entonces nos ayuda a ver el mundo de forma más objetiva. Nos informa que la visión de que somos nuestros pensamientos es equivocada, los pensamientos no son en última instancia lo que genuinamente somos, sino que nuestra identidad más profunda yace en el sustrato de esos pensamientos que es nuestra conciencia. De esta forma, la práctica meditativa a través de un enfoque no conceptual nos ayuda a visualizar efectivamente nuestra verdadera identidad, y a entender que efectivamente somos algo.
Fuentes
Hanh, T. N. (2001). No death, no fear: Comforting wisdom for life. Riverhead Books.
Varela, F. J., Thompson, E., & Rosch, E. (1991). The embodied mind: Cognitive science and human experience. MIT Press.
Thompson, E. (2007). Mind in life: Biology, phenomenology, and the sciences of mind. Harvard University Press.
Britton, W. B. (2019). Can mindfulness be too much of a good thing? The value of a middle way. Current Opinion in Psychology, 28, 159-165. https://doi.org/10.1016/j.copsyc.2018.12.011
Watts, A. W. (1973). The book: On the taboo against knowing who you are. Vintage Books.
Metzinger, T. (2009). The ego tunnel: The science of the mind and the myth of the self. Basic Books.
Damasio, A. (1999). The feeling of what happens: Body and emotion in the making of consciousness. Harcourt.
Chalmers, D. J. (1996). The conscious mind: In search of a fundamental theory. Oxford University Press.
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