Por Leandro Castelluccio
El nihilismo, entendido como la negación de todo valor en la existencia, se ha convertido en un espectro que ronda nuestra sociedad. La sensación de vacío, la pérdida de valor de lo que nos rodea y la percepción de que la vida carece de importancia han ganado terreno en las mentes contemporáneas, alimentadas por la creencia de que la ausencia de un Dios, la omnipresencia del sufrimiento, la impermanencia de las cosas o la idea de que el mundo es fruto de un proceso mecanicista o azaroso erradican cualquier posibilidad de valor.
Sin embargo, esta postura es errónea. A través de distintos ejemplos y razonamientos, veremos que la vida posee un valor propio, independiente de la existencia de un propósito trascendental. Comprenderemos cómo las cosas tienen valor a pesar de una posible ausencia de Dios, de la existencia de sufrimiento o de la impermanencia de las cosas. Para ello, a lo largo de este ensayo nos enfocaremos en varias consideraciones que pondrán a prueba estas creencias, desmontando la idea de que el valor de la vida depende de factores externos o de verdades absolutas.
El pensamiento nihilista, aunque popularizado en la modernidad, tiene raíces filosóficas profundas. Friedrich Nietzsche, uno de los principales críticos del nihilismo, advertía en “La Gaya Ciencia” sobre la “muerte de Dios” y sus consecuencias. Para Nietzsche, la pérdida de valores trascendentes llevaba al riesgo de un vacío existencial. Sin embargo, su respuesta no fue el abandono del valor, sino la superación de este vacío a través de la creación de nuevos valores.
Por otro lado,se argumenta que el sufrimiento es prueba de que la vida carece de valor. Viktor Frankl, en “El hombre en busca de sentido”, expone cómo incluso en los contextos más atroces, como los campos de concentración nazis, el valor de la existencia persiste a través de la actitud y la interpretación subjetiva de la realidad. No es el sufrimiento en sí mismo lo que define el valor de la vida, sino nuestra respuesta a él.
Otro argumento nihilista es que la impermanencia de las cosas anula su valor. Si todo está destinado a desaparecer, ¿por qué debería importar? La filosofía budista sostiene que la impermanencia no es un defecto de la existencia, sino su esencia misma, y lejos de restarle valor, lo intensifica. Como en “El mito de Sísifo” de Albert Camus, que nos invita a rebelarnos contra el absurdo, a aceptar la fugacidad de la vida y aun así afirmar su valor.
Para trascender el nihilismo, es necesario realizar un “clic” en nuestra forma de ver el mundo, un giro en nuestra conciencia que nos permita apreciar el valor inherente a la vida sin necesidad de apoyarnos en certezas metafísicas absolutas. Este cambio no implica un autoengaño, sino una ampliación de nuestra perspectiva. Las emociones, las relaciones humanas, el arte y el conocimiento son fuentes de valor que dependen de nuestra participación activa. Como se ha desarrollado en la psicología positiva de Martin Seligman, el bienestar humano no depende de una verdad objetiva impuesta desde fuera, sino de la percepción y el cultivo de experiencias valiosas.
La solución al nihilismo no se encuentra en un regreso a la fe ciega ni en el abandono del pensamiento crítico, sino en una toma de conciencia más profunda sobre nuestras propias capacidades y el valor genuino de lo que hacemos. No hay una única respuesta al problema del valor, pero sí hay caminos para hallarlo. En última instancia, la superación del nihilismo radica en reconocer que la existencia, aunque pueda parecer fruto del azar o la necesidad, se enriquece a través de la experiencia consciente y el compromiso con el mundo. Así, lejos de ser un vacío insalvable, el nihilismo se convierte en una invitación a redescubrir el valor desde una perspectiva renovada.
¿Cómo recuperar y defender el valor de la vida y el mundo en la ausencia de un significado?
La pregunta sobre cómo recuperar y defender el valor de la vida sin depender de un significado trascendental ha sido abordada por numerosos pensadores a lo largo de la historia. Si bien el nihilismo plantea que la falta de un sentido absoluto desemboca en la negación del valor, diversos argumentos filosóficos y psicológicos demuestran que el valor de la vida no está supeditado a una justificación externa. Por el contrario, el valor emerge de la experiencia misma de la existencia, de la construcción de relaciones, del disfrute del arte, de la exploración del conocimiento y del compromiso con el mundo.
El valor de la experiencia a pesar de su fugacidad
Un argumento recurrente en el nihilismo es que la impermanencia de las cosas les resta valor. Si algo está destinado a desaparecer, ¿por qué habría de importar? Sin embargo, esta idea se sustenta en la concepción errónea de que la permanencia es un requisito del valor. La filosofía budista, por ejemplo, sostiene que la transitoriedad no solo no disminuye el valor de la vida, sino que lo intensifica. Como afirma Thích Nhất Hạnh, sin impermanencia, la vida no sería posible. La belleza de un atardecer, la alegría de una conversación o el amor de un hijo son valiosos no a pesar de su fugacidad, sino precisamente por ella.
Imaginemos la experiencia de tener un hijo que, tras unos pocos años de vida, fallece. Si conociéramos de antemano este desenlace, ¿seguiríamos eligiendo traerlo al mundo? Mi respuesta, al menos, es afirmativa. Porque, aunque su partida sea inevitable—como lo es para todo ser mortal—su existencia sigue siendo un regalo invaluable. La belleza y la maravilla de su vida, por breve que sea, justifican plenamente el privilegio de haberlo conocido y amado.
Entonces, el ejemplo de tener un hijo, sabiendo que eventualmente morirá, ilustra este punto. Aun si conociéramos el destino trágico de un hijo que fallecerá a una edad temprana, muchos seguiríamos eligiendo tenerlo. La razón es que su existencia, aunque efímera, aporta una riqueza inmensurable a la vida. Susan Wolf, en su libro Meaning in Life and Why It Matters, argumenta que el sentido de la vida no depende de su duración ni de un fin trascendente, sino de la calidad de nuestras experiencias y relaciones. Desde esta perspectiva, el amor que brindamos y recibimos, así como los momentos compartidos, son fuentes de significado autónomas.
Cabe preguntarnos, ¿qué nos lleva, sin embargo, a considerar que esto merece ser valorado en última instancia? Sin detenernos demasiado en este punto, que no es central en la presente discusión, podríamos señalar que el disfrute y la recompensa de la conciencia constituyen el criterio fundamental para determinar dicho valor. Que esta manifestación consciente del disfrute sea, en última instancia, un producto azaroso de la materia, no invalida la posibilidad de apreciar y establecer el valor de algo; más bien, es parte misma de la existencia y el mecanismo mediante el cual dicho valor se hace evidente para nosotros. En este sentido, toda concepción del valor se apoya, inevitablemente, en un punto último, en un criterio final que sustenta nuestro juicio.
El razonamiento que insiste en disolver todo significado a menos que provenga de una entidad trascendental no es más que una expresión de desconexión con los significados profundos del mundo. Estos no se revelan únicamente mediante la lógica fría, sino a través de otras formas de interacción con la realidad y de acceso a una información que trasciende el mero análisis racional. La lógica, por sí sola, es incapaz de captar la belleza de un poema o la grandeza de una sinfonía; tales experiencias exigen un tipo distinto de comprensión.
Del mismo modo, un razonamiento excesivamente estructurado, basado en construcciones superficiales y premisas carentes de vitalidad, tiende a despojar a la vida de su grandeza, su disfrute y su belleza, reduciéndola a un mero juego de abstracciones vacías. Esta es, en esencia, la prisión conceptual contra la que advierten tradiciones como la ciencia contemplativa en el budismo. Esto es sumemente importante: no hay ninguna necesidad intrínseca, ningún principio a priori, que dicte que el valor de la vida se desvanece por el hecho de haber surgido del azar.
La resiliencia como afirmación del valor
Otro argumento recurrente del nihilismo es que el sufrimiento invalida el valor de la vida. No obstante, numerosos pensadores han demostrado que el sufrimiento, lejos de anular el valor de la existencia, puede ser una vía hacia la fortaleza y el significado. Viktor Frankl, en El hombre en busca de sentido, relata su experiencia en los campos de concentración nazis y cómo, incluso en las condiciones más atroces, la vida podía conservar un valor intrínseco. Frankl sostiene que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas, la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias. Esta elección es precisamente lo que nos permite reafirmar el valor de la vida incluso frente al dolor.
La psicología positiva también ha explorado esta idea. Martin Seligman, uno de sus principales exponentes, sostiene que el bienestar humano no depende de la ausencia de sufrimiento, sino de la capacidad de encontrar significado en nuestras experiencias. Su teoría del florecimiento propone que elementos como el compromiso, las relaciones positivas y la sensación de logro son fundamentales para una vida valiosa. En este sentido, la lucha contra la adversidad y la capacidad de sobreponerse a ella no solo no anulan el valor de la vida, sino que lo refuerzan.
La creación de valores como respuesta al nihilismo
Nietzsche, uno de los mayores críticos del nihilismo, argumentaba que la “muerte de Dios” implicaba el fin de los valores tradicionales, pero no su destrucción definitiva. En Así habló Zaratustra, introduce la idea del “superhombre” como aquel capaz de crear sus propios valores en ausencia de un sentido trascendental. Para Nietzsche, el nihilismo pasivo, que se resigna a la ausencia de significado, debe ser superado por un nihilismo activo, que reinterprete la realidad y genere nuevos valores.
Esta idea también ha sido desarrollada por Jean-Paul Sartre, quien, en su filosofía existencialista, sostiene que “la existencia precede a la esencia”. Es decir, no nacemos con un significado predeterminado, sino que somos responsables de construirlo. Sartre considera que el ser humano es radicalmente libre y que esta libertad implica la responsabilidad de dar forma a su propia existencia. Desde esta perspectiva, el valor de la vida no es algo que deba encontrarse fuera de nosotros, sino algo que debemos crear activamente.
La ciencia y el asombro como fuentes de valor
Desde una perspectiva científica, también podemos encontrar razones para valorar la existencia. Carl Sagan, en Cosmos, enfatiza la maravilla de la existencia al recordar que “somos una forma en la que el universo se conoce a sí mismo”. La ciencia nos revela que la vida es un fenómeno extraordinario, improbable y frágil, lo que añade un sentido de asombro y responsabilidad ante ella.
La biología evolutiva también ofrece una perspectiva valiosa. Richard Dawkins, en El gen egoísta, destaca que la vida no necesita un diseño trascendental para ser valiosa. La belleza del proceso evolutivo radica en su capacidad para generar diversidad, complejidad y conciencia. Aunque la vida pueda ser el resultado de un proceso sin dirección, su riqueza y profundidad nos invitan a apreciarla y protegerla.
El valor de nuestros proyectos a pesar del fracaso
Así como el valor de la vida no depende de su duración, el valor de nuestras acciones no está condicionado a su éxito. Muchas veces, los proyectos personales o profesionales no alcanzan el resultado esperado, pero ello no significa que carezcan de valor. Al igual que en el ejemplo anterior de tener un hijo, nuestros proyectos vitales creativos, pese a que no encuentren el destino que esperamos, aun así, son increíblemente valiosos y vale la pena trabajar por ellos.
Por su parte, Albert Camus, en El mito de Sísifo, presenta la imagen del hombre que, a pesar de saber que su tarea es absurda, sigue empujando la roca cuesta arriba. Camus concluye que “debemos imaginar a Sísifo feliz”, pues es en el acto mismo de persistir donde reside el valor. John Stuart Mill también argumenta que el progreso humano no es un camino lineal, sino una sucesión de avances y retrocesos. En Sobre la libertad, sostiene que el valor de una persona se mide por el número de veces que se levanta después de caer. Esto implica que el esfuerzo por alcanzar una meta, aunque no llegue a cumplirse, sigue siendo valioso en sí mismo.
En la psicología moderna, Angela Duckworth ha desarrollado el concepto de grit, que describe la combinación de pasión y perseverancia como clave del éxito y el crecimiento personal. Según su investigación, los individuos que fracasan, pero siguen intentándolo, logran una vida más significativa que aquellos que buscan solo el éxito inmediato.
El valor de la vida y de nuestras acciones no depende de su permanencia ni de su éxito. La impermanencia, el sufrimiento y el fracaso no anulan el sentido de lo que hacemos, sino que lo enriquecen. Como Nietzsche, Camus y Sartre nos enseñan, la grandeza del ser humano radica en su capacidad de crear significado, de luchar por sus ideales y de encontrar valor en el simple hecho de vivir y actuar.
Lo divino y el valor de la vida
Consecuentemente, incluso si no existe un Dios, la vida y lo que hagamos no deja de ser valiosa, ¿acaso tener un hijo y amarlo deja de ser valioso si Dios no existe? De hecho, la ausencia de una autoridad trascendental nos confiere la libertad de construir nuestros propios valores, de decidir qué es lo que importa y de asumir la responsabilidad sobre nuestra existencia. Al reconocer que el sentido no es algo impuesto, sino algo que creamos a través de nuestras experiencias, la vida adquiere quizás un significado más profundo y auténtico.
Para Sartre, la ausencia de un sentido, lejos de ser una tragedia, es una oportunidad de autodeterminación. Friedrich Nietzsche, como comentamos, proclamó la muerte de Dios y vio en ello la necesidad de una reevaluación de todos los valores, una tarea que nos empuja a ser creadores de nuestros propios valores, y aprender a valorar la existencia y la vida, más allá de un propósito trascendente, centrada en el valor de vivir en sí mismo. Así, la vida no se vacía de valor en ausencia de lo divino; por el contrario, se vuelve una obra que debemos construir con autenticidad y compromiso, y apreciar como disfrutar de ella plenamente.
¿Qué quiero decir con esto último? Creo que la existencia de lo divino hace al universo más interesante, el mundo puede perfectamente tener un orden dado por un Dios creador, que puede de hecho existir, pero esto no les quita validez a las ideas anteriores, ni resuelve el problema del nihilismo. Creo que un Dios verdaderamente sabio y grandioso tiene que haber creado un mundo cuyo valor se sostenga sin este.
Estamos perdiendo el contacto con lo divino incluso en un sentido más secular, sin dudas, lo divino como todo aquello que pertenece a la conciencia, y todo lo que integra y permite, como la contemplación, la belleza, el amor, la pasión y la alegría. La ausencia de lo divino en un sentido más secular es entonces la pérdida de valor de todo lo vital y con aquello con lo que nos relacionamos en el mundo.
Esta desconexión ha sido advertida por filósofos como Martin Heidegger, quien argumentó que en la modernidad nos hemos distanciado del “ser” debido a una mentalidad puramente técnica y utilitaria. También Byung-Chul Han, en su crítica a la sociedad contemporánea, señala que el exceso de estímulos superficiales y la hiperproductividad erosionan nuestra capacidad de contemplación, reduciendo nuestra existencia a una vida meramente funcional. Esta pérdida del sentido profundo de la existencia no es consecuencia en sí de la ausencia de un Dios, sino del olvido de aquellas experiencias que nos conectan con la plenitud del ser, incluso con un potencial orden divino trascendente.
Nos cuestionamos el significado y el sentido de todo frente a la existencia del sufrimiento. A menudo las personas llegan al nihilismo porque ven un mundo de sufrimiento que refuerza la idea de que no existe un Dios que le dé significado y trascendencia a las cosas. Pero, de nuevo, siguiendo la conclusión de los ejemplos anteriores, la belleza, la pasión y la alegría que se experimenta en el mundo es tan grande e increíble que es irrelevante que exista el sufrimiento y la muerte, aunque todo termine en ello. Incluso si ese es el fin último, aun así, la vida vale la pena. En este sentido, como comentamos antes, Viktor Frankl en “El hombre en busca de sentido”, argumenta que incluso en los momentos más oscuros, el ser humano puede encontrar un propósito en el sufrimiento mismo, convirtiéndolo en una fuente de crecimiento y resiliencia.
Sin embargo, un punto final, pero no menor, es que esto se hace muy difícil de visualizar si sólo usamos una razón fría y no accedemos a capas más profundas de información no tan conceptual, a través de la contemplación, la integración de emociones y pasiones y otras formas de conectarse con el mundo, como a través de la belleza, el arte en general, la poesía, la literatura o la conexión con el mundo natural.
Esta idea encuentra eco en la filosofía de Simone Weil, quien creía que la verdadera comprensión del mundo no podía reducirse a una lógica racionalista, sino que debía incorporar una atención plena y espiritual hacia la realidad. También Gaston Bachelard, en su “Poética del espacio”, resalta cómo la imaginación y la sensibilidad poética nos permiten habitar el mundo con mayor profundidad.
No me sorprende entonces, frente a un mundo de creciente consumo de contenido superficial y basura, que perdamos el entendimiento profundo e intuitivo de la belleza y el valor de las cosas. Aquí podemos recordar a Walter Benjamin, quien advertía que la reproducción técnica del arte y la cultura llevaba a una pérdida de su “aura”, su capacidad de provocar una experiencia auténtica. Nuestra desconexión de lo trascendente no es solo una cuestión metafísica, sino una crisis cultural que nos aleja de lo esencial.
Consecuentemente, recuperar el valor de la vida no depende de la existencia de Dios en sí, sino de nuestra capacidad de ver la belleza, el amor y la profundidad en cada momento.
Más allá de la mediocridad: el llamado nietzscheano a la grandeza
Como comentario final a este ensayo, quisiera destacar que Nietzsche habría mirado con desdén la vida contemporánea marcada por valores mediocres y una existencia pautada por estructuras rígidas e inauténticas, que considero no hacen más que aumentar nuestro nihilismo y la actitud cínica y depresiva ante la vida moderna.
En su crítica a la moral de los esclavos, denunciaba una sociedad que fomenta la conformidad, la obediencia y la resignación en lugar del coraje, la grandeza y la creatividad. La modernidad ha encadenado al hombre en un ciclo predecible: escuela, trabajo, jubilación, sin permitirle nunca convertirse en el verdadero artista de su propia vida. En “Así habló Zaratustra”, Nietzsche nos exhorta a superar la mentalidad gregaria y a forjar una existencia basada en la autorrealización y el cultivo de la excelencia.
En contraste con esta mediocridad, Nietzsche enaltece la vida dedicada al desarrollo de la virtud, la sabiduría, el conocimiento, las artes y la belleza. El “superhombre”, visto como una guía que oriente nuestra vida, no es aquel que simplemente sobrevive dentro del sistema, sino quien trasciende los valores establecidos y crea sus propios valores, transformando su vida en una obra maestra. El arte, la poesía y la contemplación profunda son caminos que nos acercan a una existencia más elevada, más intensa y auténtica. Sin embargo, la sociedad contemporánea, atrapada en el materialismo y la trivialidad, ha abandonado esta búsqueda y se ha entregado al consumo superficial y la automatización de la existencia.
El desafío que Nietzsche nos plantea sigue vigente: debemos romper con los valores impuestos, abandonar la mentalidad de rebaño y atrevernos a vivir con pasión, intensidad y creatividad. Solo así podemos recuperar la grandeza y hacer de nuestra vida algo digno de ser vivida.
Fuentes:
Benjamin, W. (1936). La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica.
Bachelard, G. (1958). La poética del espacio.
Camus, A. (1942). El mito de Sísifo.
Dawkins, R. (1976). El gen egoísta.
Frankl, V. (1946). El hombre en busca de sentido.
Han, B. C. (2012). La sociedad del cansancio.
Heidegger, M. (1927). Ser y tiempo.
Mill, J. S. (1859). Sobre la libertad.
Nietzsche, F. (1882). La gaya ciencia.
Nietzsche, F. (1883-1885). Así habló Zaratustra.
Sagan, C. (1980). Cosmos.
Sartre, J. P. (1943). El ser y la nada.
Sartre, J. P. (1945). El existencialismo es un humanismo.
Seligman, M. (2011). Florecer: Una nueva teoría de la felicidad.
Thích Nhất Hạnh. (1992). El corazón de las enseñanzas de Buda.
Weil, S. (1952). La gravedad y la gracia.
Wolf, S. (2010). Meaning in Life and Why It Matters.
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