El diálogo cerebro-corazón muestra cómo el racismo secuestra la percepción

Imagen de portada: Ilustración de Albert Barque-Duran

PorManos Tsakiris, profesor de psicología en la Royal Holloway University de Londres. Su investigación evalúa los mecanismos neuronales y cognitivos de la autoconciencia y la cognición social.

Editado por Sally Davies

Originalmente publicado en Aeon.co

Traducción al castellano por Leandro Castelluccio. Link a mis ensayos.

Si eres negro en los Estados Unidos, tienes más del doble de probabilidadesque una persona blanca de estar desarmada si te matan en un encuentro con la policía. ¿Por qué? Existe algún tipo de perfil racial, pero el mecanismo psicológico preciso no se conoce bien. Las investigacionessobre los disparos de la policía muestran que los oficiales a menudo perciben los teléfonos celulares y otros objetos no amenazantes como armas en manos de una persona de color. Entonces, ¿los oficiales de policía malinterpretan lo que ven o están de hecho viendoun arma donde no hay ninguna?

La expliacación psicológica clásica atribuiría estos errores a un fallo del control ejecutivo, provocado por algún estímulo externo. Es decir, el problema proviene de la incapacidad del cerebro para resolver el conflictoentre un estereotipo activado automáticamente y una creencia igualitaria sostenida conscientemente. Ver una cara negra podría activar automáticamente el estereotipo de que los hombres negros son más peligrosos, lo que lleva a la actividad en áreas del cerebro implicadas en las respuestas de miedo. Pero esta respuesta automática, que podría desencadenar una reacción de lucha o huida, debe suprimirse cuando el miedo es irracional. Sin embargo, las tensiones entre los procesos automáticos y de control no siempre se resuelven fácilmente y dan errores como resultado.

Las nuevas líneas de trabajo en psicología, neurociencia y filosofía de la mente desafían esta ortodoxia centrada en el cerebro. Los investigadores de la “cognición encarnada” se centran en la interdependencia del cerebro en los procesos fisiológicos que permiten que un organismo se sostenga a sí mismo. Desde este punto de vista, la mente debe entenderse como incrustada en un cuerpo, y el cuerpo como incrustado en un entorno físico, social y cultural. La realidad no está simplemente disponible para ser tomada, sino que se invoca a través de las constantes fluctuaciones de nuestra propia materia orgánica. Como escribió el filósofo francés Maurice Merleau-Ponty en Fenomenología de la percepción (1945): “El cuerpo es nuestro medio general para tener un mundo”.

Entre los neurocientíficos, es cada vez más popular pensar que el cerebro no es un órgano pasivo que recibe y reacciona a los estímulos, sino más bien como una máquina de inferencia: algo que se esfuerza activamente para predecir lo que está ahí y lo que va a suceder, maximizando las posibilidades de mantenerse con vida. Pero el cuerpo no es simplemente controlado de arriba a abajo. Más bien, sus señales se combinan constantemente con las inferencias del cerebro para generar nuestra percepción del mundo. Imagina que escuchas un portazo: es más probable que te imagines a un intruso si estás viendo una película de terror que si escuchas música suave. Usted hace esa predicción (de lo contrario es bastante improbable) porque explica su ritmo cardíaco rápido y el sonido de la puerta.

Todavía sabemos muy poco sobre cómo estos procesos pueden relacionarse con el fenómeno del racismo, pero ahora tenemos una idea de dónde mirar. Si la historia predictiva del comportamiento es correcta, la percepción (incluida la de la policía) de repente parece mucho más cercana a la creencia, y está mucho más encarnada, de lo que solíamos pensar. Estudios recientes destacan las influencias de las señales viscerales en muchos dominios, desde el procesamiento emocional y la toma de decisiones hasta la autoconciencia. Por ejemplo, se considera que los estímulos de miedoson más temerosos cuando se presentan durante los latidos del corazón, en lugar de entre los latidos del corazón.

En mi laboratorio en Royal Holloway, Universidad de Londres, decidimos probarsi el ciclo cardíaco marcaba una diferencia en la expresión del prejuicio racial. El corazón está constantemente informando al cerebro sobre el nivel general de “excitación” del cuerpo, en la medida en que está en sintonía con lo que está sucediendo a su alrededor. En un latido del corazón, los sensores conocidos como “baroreceptores arteriales” captan los cambios de presión en la pared del corazón y disparan un mensaje al cerebro; Entre los latidos del corazón, están inactivos. Dicha información visceral se codifica inicialmente en el tronco cerebral, antes de llegar a las partes implicadas en el comportamiento emocional y motivacional. El cerebro, a su vez, responde tratando de ayudar al organismo a estabilizarse. Si recibe señales de una frecuencia cardíaca elevada, el cerebro generará predicciones sobre las posibles causas y considerará qué debería hacer el organismo para reducir este estado elevado. Este diálogo corazón-cerebro continuo, entonces, forma la base de cómo el cerebro representa al cuerpo para sí mismo y crea conciencia del entorno externo.

En nuestro experimento, usamos lo que se conoce como la “tarea del tirador en primera persona”, que simula los juicios rápidos que hacen los oficiales de policía. Los participantes ven a un hombre blanco o negro con una pistola o teléfono, y tienen que decidir si disparar dependiendo del nivel de amenaza percibido. En estudiosanteriores, los participantes fueron significativamente más propensos a disparar a un individuo negro desarmado que a uno blanco.

Pero cronometramos los estímulos para que ocurran entre o en un latido del corazón. Sorprendentemente, la mayoría de las identificaciones erróneas ocurrieron cuando aparecieron individuos negros al mismo tiempo que un latido cardíaco. Aquí, el número de falsos positivos en los que los teléfonos se percibían como armas aumentó en un 10% en comparación con el promedio. En una versión diferente de la prueba, usamos lo que se conoce como la “tarea de identificación de armas”, donde los participantes ven una cara blanca o negra, seguida de una imagen de una pistola o herramienta, y deben clasificar el objeto lo más rápido posible. Cuando los artículos inocuos se presentaron siguiendo una cara negra y en un latido de corazón, los errores aumentaron en un 20%.

Sin embargo, en ambos casos, cuando el juicio se produjo entre latidos, no observamos diferencias en la precisión de las personas, independientemente de si respondían a las caras blancas o negras. Parece que la combinación del disparo de señales desde el corazón al cerebro, junto con la presentación de una amenaza estereotipada, aumenta las posibilidades de que incluso algo benigno sea percibido como peligroso.

Es sorprendente pensar que el sesgo racial no es solo un estado o hábito mental, ni siquiera una norma cultural generalizada, sino un proceso que también forma parte de los flujos y reflujos de la fisiología del cuerpo. El diálogo corazón-cerebro desempeña un papel crucial en la regulación de la presión arterial y la frecuencia cardíaca, además de motivar y apoyar el comportamiento adaptativo en respuesta a eventos externos. Entonces, en las respuestas de lucha o huida, los cambios en la función cardiovascular preparan al organismo para una acción posterior. Pero si bien el cerebro puede ser predictivo, esas predicciones pueden ser inexactas. Lo que nuestros hallazgos ilustran es hasta qué punto los estereotipos raciales y posiblemente otros están secuestrando mecanismos corporales que han evolucionado para enfrentar amenazas reales.

La psicóloga Lisa Barrett Feldman de la Northeastern University en Boston acuñó el término “realismo afectivo” para describir cómo el cerebro percibe el mundo a través del cuerpo. Por un lado, esta es una razón para el optimismo: si podemos entender mejor los mecanismos neurológicos detrás del sesgo racial, entonces quizás estemos en una mejor posición para corregirlo. Pero también hay un lado sombrío en el análisis. Las estructuras de opresión que dan forma a quienes somos también dan forma a nuestros cuerpos y quizás a nuestras percepciones más fundamentales. Tal vez no “interpretamos mal” el teléfono como una pistola; Podríamos ver un arma, en lugar de un teléfono. El racismo podría no ser algo que las sociedades puedan superar simplemente con nuevas narrativas y mensajes políticos progresistas. Podría requerir una forma más radical de reentrenamiento fisiológico, para alinear nuestras realidades encarnadas con nuestras creencias declaradas.

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